En Trujillo, la fe no solo se reza, también se cocina. Cuando la llama se enciende y comienza la cocción, el aroma del almíbar inunda las casas, sabemos que la tradición ha comenzado.
Hablar de la gastronomía trujillana es hablar de las manos de quienes transforman las frutas en tesoros culinarios, dulces tracionales que acompañan la Semana Santa.
El dulce de Cabello de Ángel es, sin duda, el protagonista en las mesas. Esas hebras doradas que crujen con delicadeza son el resultado de un ritual de paciencia y amor. Ya sea en su versión pura o acompañado con el toque ácido de la piña, cada cucharada nos atrapa.
Los trujillanos se reinventan en la gastronomía para compartir en familia los dulces, entre los que destacan: dulce de lechosa, coco con piña, buñuelos, de higo, durazno y otras frutas transformadas.
